Un castellano que se negó a modernizarse
Un castellano que se negó a modernizarse

Hay lugares donde el idioma no envejece al mismo ritmo que en el resto del mundo. En las calles de Arandas, Tepatitlán, Jalostotitlán o San Miguel el Alto, todavía se escuchan palabras y giros que en España y en gran parte de México ya sonaban antiguos en tiempos de Cervantes. No se trata de inventos locales ni de “modismos raros”: es castellano del siglo XVI y XVII que se quedó atrapado en una región de frontera y siguió vivo de boca en boca.

Un castellano que se negó a modernizarse

Cuando los primeros españoles llegaron a lo que hoy son Los Altos de Jalisco, a finales del siglo XVI y principios del XVII, trajeron consigo el español de su época: el de Castilla, Extremadura y Andalucía. Era una zona dura, semidesértica, de difícil acceso y con presencia chichimeca. Ese aislamiento geográfico, sumado a una fuerte endogamia entre las familias fundadoras, creó las condiciones perfectas para que el idioma se conservara con una fidelidad asombrosa.

Mientras en las grandes ciudades el español cambiaba con las modas literarias, la Real Academia y el contacto constante con otras regiones, en Los Altos el habla se transmitía casi exclusivamente de padres a hijos, en el rancho, en la cocina y en la plaza. El resultado es una variante que todavía usa formas, significados y matices que en otros lados se perdieron hace siglos.

Existe, además, una hipótesis interesante —aunque no demostrada de manera definitiva— que habla de un posible componente sefardí o converso entre algunas de las familias fundadoras. Investigadores locales, como Salvador Gutiérrez González, han señalado que ciertos linajes podrían haber llegado buscando distancia de la Inquisición. La idea tiene atractivo y algunos indicios genealógicos, pero la historiografía más rigurosa la mantiene como hipótesis, no como hecho comprobado. Lo que sí está claro es que el núcleo del habla alteña es castellano antiguo, reforzado por el aislamiento y la transmisión oral, con aportes posteriores de mexicanismos e indigenismos.

Un diccionario vivo de arcaísmos y expresiones de casa

Estas son algunas de las palabras y expresiones que aún se escuchan en la región, con su origen y sentido actual:

Estas son algunas de las palabras y expresiones que aún se escuchan en la región, con su origen y sentido actual:

  • Greda (“¡Ya vámonos, greda!”): del latín creta (arcilla pesada). Se dice del niño que se pone terco y “se pega” al piso.
  • Anascado / Añascado: del castellano medieval añascar (enredar). Describe la sensación de estar empalagado o con el estómago revuelto por lo dulce.
  • Jambado / Jambao: del español antiguo jambarse (hartarse). Significa ser glotón o comer con ansia.
  • Atecoloteado: de tecolote (náhuatl tecolotl, búho). Estar atontado, entumecido por el frío o somnoliento.
  • Encandilado: de candil (árabe qandīl). Deslumbrado por la luz o engañado por las apariencias.
  • Hacer un desasiego: variante de desasosiego. Desorden de los niños o malestar estomacal (“traigo un desasiego en la panza”).
  • Ir al lamber: del latín lambere. Limpiar los restos de la cazuela… o andar de coqueto.
  • Estar hasta el queque: del inglés cake. Estar completamente lleno o saturado.
  • Alebrado / Alebrarse: de liebre. Agazaparse, quedarse callado o disimular una travesura.
  • Chirundo / Chirundito: posiblemente del purépecha chíruri (frío). Niño desnudo o en paños menores, dicho con ternura.
  • Empachado: del español colonial. La comida “se pega” en la panza; se cura “quebrando el empacho”.
  • Hacer un berrinche: de berrear. La rabieta clásica del niño en el piso.
  • ¡Vete a freír espárragos!: expresión del Siglo de Oro. Mandar a alguien a molestar a otra parte.
  • Apercollado: de percollum (cuello). Agarrar fuerte a alguien… o estar muy abrazados.
  • Agüitado / Agüitarse: de agua. Estar triste o con el ánimo caído, como la planta que se marchita.
  • Zangolotear: onomatopeya del vaivén. Mover con brusquedad o andar de un lado a otro sin rumbo fijo.

Estas voces no son “raras”. Son restos vivos de un español que en su momento fue normal y que aquí, por geografía y por memoria familiar, simplemente no se fue.

Más que nostalgia: una herencia que sigue hablando

El habla de Los Altos no es un museo. Sigue usándose en la casa, en el rancho, en la feria y en la plática cotidiana. Cada vez que una madre dice “ya vámonos, greda” o que alguien se queja de estar “hasta el queque”, está repitiendo, sin saberlo del todo, el mismo castellano que trajeron sus antepasados hace más de cuatro siglos.

Esa es la verdadera riqueza: no solo conservar palabras, sino mantener vivo un modo de sentir y de nombrar el mundo. En una época en la que el lenguaje se globaliza y se uniforma a gran velocidad, Los Altos de Jalisco demuestran que todavía es posible hablar como se hablaba cuando el español era joven en América.

Y eso, francamente, no tiene precio.

¿Las conocías?

Por admin

Diseñados Gráfico, Maestro en administración pública. Asesor en comunicación estratégica. Aficionado a la historia y a la astrofísica.

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