«Las fiestas son nuestro único lujo.»
— Octavio Paz
Cada vez que la Selección Mexicana consigue un triunfo importante, las calles se llenan de personas ondeando banderas, los automóviles hacen sonar el claxon sin descanso, aparecen caravanas improvisadas, abrazos entre desconocidos y, por supuesto, uno que otro exceso. Para algunos es una exageración; para otros, una tradición que nos define.
Pero ¿alguna vez nos hemos preguntado por qué celebramos así?
Hace más de setenta años, Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad una reflexión que, sorprendentemente, sigue vigente. Para él, la fiesta mexicana no era únicamente un momento para divertirse: era una pausa en la vida cotidiana, una ruptura con la rutina y una especie de tregua frente a las diferencias sociales.
Durante unas horas, las jerarquías parecen desvanecerse. El empresario y el obrero, el estudiante y el profesor, el funcionario y el ciudadano, el rico y el pobre comparten el mismo espacio, el mismo grito de gol y la misma ilusión. La fiesta crea una sensación de igualdad que pocas veces experimentamos en la vida diaria.
Quizá por eso el fútbol despierta emociones tan intensas. Porque, más allá del deporte, representa uno de esos escasos momentos en los que millones de personas sienten que pertenecen a una misma historia.
Sin embargo, Paz también observó otro rasgo de nuestras celebraciones: el exceso.
No es extraño que una victoria termine acompañada de alcohol en abundancia, gastos impulsivos, imprudencias al volante, vandalismo o accidentes que empañan lo que comenzó como una alegría colectiva. A veces confundimos celebrar con perder toda medida.
Y ahí es donde vale la pena hacer una pausa.
Celebrar no debería significar poner en riesgo la vida propia ni la de los demás. No vale la pena que una noche de euforia termine en una tragedia familiar, una pelea absurda, un hospital o una noticia lamentable.
Podemos salir a las calles, cantar, abrazarnos, tocar el claxon y disfrutar el momento. Podemos sentir orgullo por nuestro país y compartir la emoción con desconocidos. Pero también podemos hacerlo con responsabilidad.
Si vas a beber, no conduzcas.
Si sales a celebrar, cuida a quienes te acompañan.
Respeta los espacios públicos.
Piensa que detrás de cada volante, de cada balcón o de cada familia que intenta descansar, también hay mexicanos.
La verdadera fiesta no necesita violencia ni destrucción para demostrar su intensidad.
Quizá Octavio Paz tenía razón cuando escribió que «las fiestas son nuestro único lujo». Pero precisamente porque son un lujo, deberíamos aprender a disfrutarlas sin convertirlas en motivo de dolor.
Ojalá que cada triunfo de la Selección siga llenando las calles de alegría, pero también nos recuerde que una sociedad se reconoce no solo por la manera en que celebra sus victorias, sino por la forma en que cuida de los suyos mientras lo hace.
Porque al final, ganar un partido dura noventa minutos.
Cuidarnos entre nosotros debería durar toda la vida.
Entre broma y broma, la neta se asoma

