¿Por qué Jalisco tiene esa forma tan rara y se escribe con J y no con X?

El misterio del mapa de Jalisco: ¿Por qué tiene esa silueta tan rara?
El misterio del mapa de Jalisco: ¿Por qué tiene esa silueta tan rara?
La silueta "rara" hoy

Imagínate que te despiertas una mañana y, por puro capricho de un rey que vive al otro lado del océano, las fronteras de tu casa cambiaron por completo. Así, sin avisar. Pues algo parecido le pasó al viejo Reino de Nueva Galicia para convertirse en el Jalisco que hoy conocemos. Si alguna vez has visto el mapa del estado, seguro has notado que su contorno es una verdadera rareza geográfica, lleno de curvas, entradas y piquitos que parecen no tener ni pies ni cabeza. Pero en la historia, mi buen amigo, nada es gratis: cada rincón de esa silueta es el resultado de un tremendo estira y afloja entre políticos, empresarios y hasta imperios.

Aquí te contamos la neta de cómo fue perdiendo y ganando terrenos hasta quedar con esa forma tan peculiar, según los datos que podemos desmenuzar de historiadores como José María Muriá en el documento historia de jalisco.pdf.

De cuando éramos gigantes: El Reino de la Nueva Galicia

Para entender el mapa actual, hay que viajar al pasado, cuando esto no era Jalisco, sino el poderoso Reino de Nueva Galicia. En ese entonces, las autoridades que despachaban en Guadalajara tenían bajo su mando un territorio gigante: ¡abarcaba todo lo que hoy es Zacatecas, Aguascalientes, casi todo Nayarit y unas dos terceras partes de Jalisco!

En aquellos tiempos coloniales, la organización administrativa era un verdadero relajo y nadie sabía bien cuáles eran sus obligaciones. Al rey le convenía esa confusión para que nadie juntara tanto poder, pero a los que terminó beneficiando fue a los criollos adinerados de la región. Como estaban lejos de la capital y de España, cuando les llegaba una ley de la península que les tumbaba el negocio o no les convenía, simplemente sonreían y aplicaban la famosísima frase: «Acátese, pero no se cumpla». Es decir: «sí respeto la autoridad del rey, pero su ley me la voy a pasar por el arco del triunfo». Esa vieja costumbre de darle el avión a las órdenes de arriba —que por cierto, seguimos usando vivita y coleando en la actualidad— hizo que la oligarquía local mandara en su propio territorio.

Pero la suerte se les acabó en diciembre de 1786, cuando el rey Carlos III aplicó el «despotismo ilustrado» y mandó una ordenanza para reacomodar todo el mapa colonial. ¿El verdadero motivo? Concentrar el poder en nuevos funcionarios reales (los intendentes) para cortarle las alas a los criollos rebeldes y, de paso, llenar las arcas reales que estaban bien vacías por los gastazos de la corona en Europa. Con este cambio nacieron las «intendencias», y ahí fue donde nos dieron el primer gran bajón territorial.

El primer hachazo: La pérdida de Zacatecas y Aguascalientes

El primer hachazo: La división administrativa de 1786

Con la dichosa ordenanza de 1786, la enorme Nueva Galicia se partió en dos intendencias: la de Guadalajara y la de Zacatecas.

Zacatecas se independizó administrativamente de Guadalajara, quedándose con gran parte de la zona norte de ese viejo reino. ¿Andrés y Aguascalientes? Pues en ese primer mapa, Aguascalientes y Juchipila se habían quedado del lado de la intendencia de Guadalajara. Sin embargo, el estira y afloja de los límites territoriales no paró ahí. En 1806, tras varios ajustes de la corona, Aguascalientes y Juchipila fueron traspasados oficialmente a la intendencia de Zacatecas.

Aunque hubo muchísimas protestas por parte de la gente de Guadalajara, la separación estaba consumada. Con este hachazo del viento norte, Jalisco perdió una de las regiones comerciales y agrícolas más dinámicas, y su frontera superior comenzó a lucir ese contorno recortado y extraño que hoy colinda con el territorio zacatecano y el hidrocálido.

El gran divorcio: ¿Cómo perdimos a Nayarit?

La otra parte loca de la silueta de Jalisco (ese gran hueco que se ve hacia el noroeste) se debe a una separación que tardó casi un siglo en cocinarse. Resulta que la zona de Tepic (lo que hoy es Nayarit) era el famoso VII Cantón de Jalisco.

A mediados del siglo XIX, un grupo de empresarios de Tepic que ya no querían cuentas con Guadalajara fundaron un periódico llamado El Vigía del Pacífico con un solo objetivo en mente: promover la secesión y pintarle su raya a Jalisco. Aunque al principio no les hicieron caso, la oportunidad de oro les llegó con las guerras de Reforma y la Intervención Francesa, cuando las discrepancias llegaron hasta el campo de batalla. Los tepiqueños se aliaron con los conservadores y con Maximiliano de Habsburgo para buscar su independencia. Al triunfar la República en 1867, Benito Juárez decidió cortar por lo sano para quitarle fuerza a los rebeldes: separó esa zona de Jalisco y la nombró «Distrito Militar de Tepic». Finalmente, en 1917, ese pedazo de mapa se convirtió oficialmente en el estado de Nayarit, dejándole a Jalisco ese contorno tan «raro» que vemos hoy.

El enigma de la letra: De la mística «Xalisco» a la moderna «Jalisco»

La batalla de la identidad: X vs. J

Ahora bien, el mapa no fue lo único que mutó; el nombre mismo del estado esconde una batalla de identidad tremenda. Cuando se consumó la Independencia y cayó el imperio de Iturbide, los tapatíos andaban con los ánimos federalistas a tope. El 16 de junio de 1823, se aprobó con mucho orgullo en Guadalajara la creación del «Estado Libre de Xalisco».

En aquellos ayeres, escribirlo con «X» no era una simple regla de ortografía, era un símbolo de herencia, misticismo y peso histórico. El nombre venía desde los tiempos de la conquista, tomado de una población indígena muy cercana a Tepic (Xalisco, que significa «lugar sobre el arenal»). Escribirlo con X recordaba las raíces profundas del Occidente de México y la resistencia de su gente. Durante décadas, los documentos oficiales del naciente estado lucían esa imponente letra que le daba un aire de soberanía única.

Sin embargo, a mitad del siglo XIX el país era un caos y el federalismo fue abolido por un tiempo, convirtiendo a los estados en simples departamentos controlados desde el centro del país. Cuando los liberales y federalistas volvieron a ganar terreno en 1846, decidieron que el estado debía regresar por sus fueros, pero con una renovación de identidad. Fue ahí cuando se decretó que la vieja «X» de Xalisco se cambiaría oficial y definitivamente por la «J» de Jalisco.

Este cambio no fue del agrado de todos y desató una intensa batalla cultural e ideológica que, de hecho, dejó huellas emocionales que duran hasta nuestros días. Para muchos puristas e historiadores locales, la «J» representaba una imposición de las corrientes modernas de la lengua española (impulsadas por la Real Academia en España) y una pérdida del toque antiguo y rebelde del Occidente. Cambiar la X por la J era, a ojos de los más tradicionales, una forma de «suavizar» o uniformar la rica historia neogallega bajo las reglas del centro del país y de la propia península ibérica.

Así que, la próxima vez que veas el mapa jalisciense, acuérdate de que esa forma de «abrazo» caprichosa y su nombre actual no son ningún accidente; son las cicatrices vivas de conspiraciones, dinero, reyes ambiciosos, empresarios separatistas y una batalla eterna por la identidad. ¡Jalisco con J, pero con alma de X!

BIBLIOGRAFIA

Revista Internacional de Ciencias Sociales y
Humanidades, SOCIOTAM
ISSN: 1405-3543
hmcappello@yahoo.com
Universidad Autónoma de Tamaulipas
México
Muriá, José María
De Nueva Galicia a Jalisco
Revista Internacional de Ciencias Sociales y Humanidades, SOCIOTAM, vol. XVI, núm. 2, juliodiciembre,
2006, pp. 31-49
Universidad Autónoma de Tamaulipas
Ciudad Victoria, México
Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=65416202

Por admin

Diseñados Gráfico, Maestro en administración pública. Asesor en comunicación estratégica. Aficionado a la historia y a la astrofísica.

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