¿Sabías que la última vez que Estados Unidos invadió México se fue con las manos vacías?
¿Sabías que la última vez que Estados Unidos invadió México se fue con las manos vacías?

La mayoría de la gente, cuando piensa en invasiones gringas a México, se va directo al 1847 y a los niños héroes. Lo que muy pocos saben es que ya entrado el siglo XX, con aeroplanos y todo el pedo, un general estadounidense cruzó la frontera al mando de más de diez mil soldados para perseguir a un solo hombre. Espóiler: no lo encontró. Se regresó a su casa sin él, con el rabo entre las patas y una lección que seguramente no incluyeron en sus libros de historia.

Pancho Villa
Pancho Villa

El hombre en cuestión era José Doroteo Arango Arámbula o Francisco Villa o Pancho Villa o el Centauro del Norte o como usted prefiera. Y la historia, aunque suena a película de acción y misterio, fue completamente real.

Para 1916, en México llevaban seis años revolcándose como puerco en la Revolución donde se supone que el único enemigo era Porfirio Díaz, (como siempre no). No era un país para nada unido (qué raro), era un tablero de ajedrez con demasiados reyes, ningún acuerdo y todos convencidos de que ellos eran el bueno del cuento, hay más nombres de los que tengo ganas de mencionar. Pera ese tiempo Villa controlaba el norte con su División del Norte, que en su mejor momento llegó a tener cerca de cuarenta mil hombres armados, una fuerza que hizo defecar hasta a los generales federales más experimentados. Pero su estrella ya estaba en declive pues en la batalla de Celaya, en 1915, Álvaro Obregón le arrimó una chinga épica a Villa, (dicen que por eso inventaron la Vitacilina), Obregón utilizó un sistema defensivo, más moderno enterrándose en trincheras y usando ametralladoras para neutralizar a la caballería villista, el ahora simplemente Paco Villa perdió más o menos a la mitad de su ejército, y encima de eso, Estados Unidos decidió reconocer a Venustiano Carranza como el presidente legítimo de México, dejando a Villa oficialmente fuera del juego diplomático.

Eso emperra a al Centauro del Norte. No ni “mergas” dijo Villa y se dejó ir.

El 9 de marzo de 1916, cruzó la frontera y atacó Columbus, Nuevo México. Murieron dieciocho estadounidenses, entre soldados y civiles. Fue el primer ataque armado en suelo continental de Estados Unidos desde la guerra de 1812, es decir, desde que los británicos quemaron la Casa Blanca. Los periódicos gringos se incendiaron. El presidente Woodrow Wilson no tardó ni una semana en ordenar una respuesta. Que quede claro: Estados Unidos no iba a permitir que un mexicano con sombrero y frondoso bigote le diera un sopapo delante de todo el mundo y se saliera con la suya. O eso creían.

Así nació la llamada Expedición Punitiva, bajo el mando del general John Joseph Pershing, apodado «Black Jack», el mismo que después dirigiría las fuerzas estadounidenses en la Primera Guerra Mundial. Con él entraron a México más de diez mil soldados, vehículos motorizados, y lo que fue una de las primeras operaciones militares en la historia donde se usaron aeroplanos con fines de reconocimiento. Las máquinas volaron sobre Chihuahua buscando rastros de Villa. Fue tecnología de punta al servicio de una misión que, al final, resultó un fracaso monumental. Espectacular. Del tipo que arde.

Carranza estaba en una posición imposible. Permitir que tropas extranjeras operaran libremente en territorio mexicano era una humillación que ningún presidente podía aceptar sin quedar como un completo estúpido ante la historia. Pero tampoco quería colaborar con Villa, que era su enemigo declarado. La solución fue una diplomacia de doble cara: toleró la entrada inicial de las tropas bajo presión política, pero conforme avanzaron los meses empezó a exigir su retirada. Las tensiones escalaron tanto que, en junio de 1916, en Carrizal, Chihuahua, hubo un enfrentamiento directo entre soldados mexicanos y estadounidenses. Murieron hombres de ambos lados. Por un momento pareció que los dos países iban a entrar en guerra abierta. No pasó, pero estuvo muy, muy cerca.

Villa, mientras tanto, se movía como fantasma. Conocía cada cañada, cada rancho, cada vereda del norte de Chihuahua mejor que cualquier mapa que tuviera Pershing. Las columnas gringas marchaban y él simplemente no estaba. Estamos valiendo corneta pensaron. En algún punto del año de 1916 Villa fue herido en la pierna durante un combate y se refugió en una cueva durante semanas, escondido mientras el ejército más poderoso del continente lo buscaba por todo Chihuahua sin encontrarlo. Ni siquiera estuvo cerca.

En enero de 1917, casi once meses después de haber cruzado la frontera, Pershing retiró sus fuerzas. Se fue sin Villa. Sin victoria. Sin nada más que el desgaste de una campaña larga, cara y humillante, que eso sí, le enseñó al ejército estadounidense cómo movilizar tropas con vehículos motorizados en terreno hostil. Una lección que aprovecharían muy bien en Europa poco después, así que algo se llevaron, aunque no lo que iban buscando.

Villa siguió vivo y activo otros cinco años más. Negoció una paz con el gobierno mexicano en 1920, se retiró a su hacienda en Canutillo, Durango, y en 1923 lo acribillaron a balazos en su automóvil en Hidalgo del Parral. Veinte tiros nomás. Unos pocos mexicanos pudieron hacer lo que el ejército más poderoso de América no pudo Irónico y ya.

Pershing nunca habló mucho del asunto. Fue el capítulo que prefirió olvidar, que es exactamente lo que hace uno cuando le va mal.

Lo que quedó de todo esto es un dato que vale la pena guardar: la Expedición Punitiva de 1916 es considerada la última vez que tropas extranjeras invadieron y operaron en territorio mexicano en pleno siglo XX, con Ford T, telégrafos militares y prensa internacional cubriéndolo todo. Y México, aunque estaba hecho pedazos por dentro, logró algo que muy pocos esperaban: que el invasor se fuera con las manos vacías y la vergüenza bien puesta.

Por admin

Diseñados Gráfico, Maestro en administración pública. Asesor en comunicación estratégica. Aficionado a la historia y a la astrofísica.

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