La noche del 14 de agosto de 1973 quedó grabada en la memoria de Encarnación de Díaz, Jalisco —mejor conocida como La Chona— como el episodio más devastador de su historia reciente.
Ubicada a solo 50 kilómetros de Aguascalientes y a 44 de Lagos de Moreno, esta población se levanta en torno al río Encarnación, cuyo cauce fue contenido desde hace décadas por la presa San Nicolás, pensada como salvaguarda para los habitantes. Sin embargo, en cada temporada de lluvias, el temor latente era el mismo: que el río volviera a reclamar su paso natural.
No era la primera vez que la ciudad enfrentaba el poder del agua. Antes de la tragedia del 73, ya se habían registrado fuertes inundaciones: en 1808, 1856, 1887, 1911 y 1944, con pérdidas materiales y vidas humanas. Algunas fueron advertencias claras:
- En 1857, el desbordamiento destruyó buena parte del pueblo, lo que motivó al entonces gobernador Anastasio Parrodi a enviar recursos.
- En 1887, el agua subió hasta cinco metros sobre el puente de San Pablo, dejando bajo el agua al barrio del Arenal y arrasando con más de 150 viviendas.
- En 1911, las lluvias anegaron la planta de luz y hasta la recién construida plaza de toros El Progreso, convertida en estanque improvisado.
Pero nada se comparó con lo ocurrido en aquel martes de agosto de 1973. El día comenzó como cualquier otro: mercados y escuelas funcionando con normalidad, un calor sofocante y el aviso inquietante del terrateniente José “El Güero” Romo, quien señaló que la presa ya estaba al borde de su capacidad.
Al caer la noche, las nubes se cerraron sobre la villa y, hacia las 8, se desató una tormenta torrencial. La cortina de la presa San Nicolás cedió, liberando un torrente imparable que siguió el cauce del río. El agua, mezclada con piedras, lodo y escombros, se llevó consigo todo a su paso: casas, animales, automóviles y hasta vidas humanas.
El Puente de San Pablo desapareció bajo la corriente como si nunca hubiera existido. Varias construcciones quedaron tan dañadas que tuvieron que demolerse. El tren rumbo a Aguascalientes quedó suspendido en el aire, como una escena de película. En los días siguientes, el olor a muerte se hizo insoportable: establos enteros, cercanos a la presa, habían sido arrasados.
El entonces gobernador Alberto Orozco Romero llegó con brigadas médicas y de auxilio. Sin embargo, la magnitud del desastre coincidió con otra catástrofe: la inundación de Irapuato, el 18 de agosto de ese mismo año, lo que obligó a dividir apoyos y recursos.
La solidaridad también se hizo presente. Los migrantes enviaron ayuda, y desde Aguascalientes y Calvillo llegaron medicinas, ropa y colectas organizadas por los clubes rotarios.
El recuerdo de aquella noche funesta no solo marcó a Encarnación de Díaz, sino que dejó una lección para toda la región: la naturaleza, cuando se desborda, no respeta fronteras ni previsiones humanas.














